martes, 16 de enero de 2018
miércoles, 10 de enero de 2018
miércoles, 20 de diciembre de 2017
lunes, 4 de diciembre de 2017
Dones y fruto del Espíritu Santo. Diferencias
El presente artículo no pretende un análisis profundo sobre los dones y el fruto del Espíritu Santo, sus definiciones y sus aplicaciones para la iglesia. Es solo un tratado para mencionar las principales diferencias entre ellos.
Los
DONES del Espíritu Santo tienen un gran alcance. Cuando encontramos a una
persona capacitada recibe elogios de sus compañeros por sus habilidades. Por
estas razones y tal vez por otras, los dones del Espíritu reciben mucha más
atención en nuestra cultura que el FRUTO del Espíritu. El fruto del Espíritu
parece estar condenado a la oscuridad, oculto a la sombra de los dones más
preferidos.
Sin embargo, es la evidencia
del fruto del Espíritu lo que marca nuestro progreso en la santificación. Por
supuesto, Dios se complace cuando ejercitamos obedientemente los dones que el
Espíritu Santo nos ha conferido. No obstante, creo que Dios se complace aún más
cuando ve que su pueblo manifiesta el fruto del Espíritu.
R. C. Sproul dice:
“No es accidental que no elevemos el fruto del Espíritu a los primeros
lugares como la prueba más alta de rectitud. La carne permanece tan presente en
nosotros que preferimos usar otra medida. La prueba del fruto es demasiado
alta; no podemos superarla. De este modo, dentro de nuestras subculturas
cristianas preferimos darle realce a alguna prueba menor de acuerdo a la cual
podamos evaluarnos con un éxito mayor. Podemos competir entre nosotros con
mayor facilidad si mezclamos algo de carne con el Espíritu.
¡Cuán
difícil nos resulta ser medidos de acuerdo a nuestro amor! Y, por favor, no me
evalúe según el criterio de la mansedumbre. Soy demasiado impaciente como para
merecer que la paciencia sea considerada mi patrón de crecimiento. Es más fácil
para mí predicar que ser tolerante. Me resulta más fácil escribir un libro
sobre la paz que practicarla”.
UNIDAD
DEL FRUTO. -El fruto del Espíritu Obsérvese que va en singular, lo
que implica que debe abarcar todo lo que se detalla como una sola evidencia de
la salvación Si preguntamos a los cristianos: ¿Cuáles de los "frutos del
Espíritu" son manifestados en sus vidas? Esta pregunta lleva algunas
implicaciones erróneas. Los creyentes pueden tener sólo un don espiritual, pero
no es el caso con el "fruto del Espíritu". Los cristianos llenos del
Espíritu tendrán todos los "frutos del Espíritu" porque la
"mente de Cristo" (Filipenses 2: 2,5) está en ellos. Cuanto más
controlados por el Espíritu de Dios estén, serán aún más como Cristo en cada
área de su carácter.
Los dones sin el fruto, son como un médico eminente sin ética, como un teólogo
sin humildad.
Así como la fe sin obras está muerta, los dones sin el fruto del Espíritu serían como un fuego fatuo.
Todos los dones juntos, con lo importante y necesarios que son, sin amor son nada. Es como multiplicar por cero.
1 Corintios 12 dice:
"Procurad pues los
dones mejores, más yo os muestro un camino más excelente". Y
ese camino es el amor.
Con esto no se está negando
el valor de los dones, sino que se coloca de relieve la eficacia de los dones
practicados con amor.
La iglesia de Corinto era
probablemente la más carismática de todas las mencionadas en el Nuevo
Testamento; sin embargo, el apóstol Pablo les amonesta una y otra vez por causa
de los pecados y defectos que eran comunes entre ellos. Es posible que algunos
alucinados por haber recibido algún don del Espíritu, comenzasen a creer que
eso era poco más que un juguete para su uso. Cuando en realidad Dios da los
dones para la edificación de la iglesia, para servir a los demás, para defensa
del cuerpo de Cristo.
El apóstol Pablo menciona
dones sobrenaturales (vigentes en la era apostólica) para destacar la preeminencia del amor sobre ellos. En 1 Corintios 13: 1-3 dice:
“Si yo hablase lenguas
humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o
címbalo que retiñe. 2 Y
si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si
tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo
amor, nada soy. 3 Y
si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase
mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve”
Para procurar un don como el de enseñanza, evangelismo, servicio, etc. tenemos que preguntar a Dios si es o no es su voluntad;
pero para ejercitar el amor, para proclamar el Evangelio del amor de Dios, no
tenemos que consultar, ya estamos autorizados, ya estamos enviados, ya estamos
equipados por su Espíritu Santo; ya podemos obrar dentro del marco de la voluntad
del Señor, el más grande y permanente milagro que se puede realizar entre los
hombres: El nuevo nacimiento; lograr que un alma pase de muerte a vida por el
regalo del amor de Dios en Cristo. El amor brota por si solo en los santos.
El desarrollo y uso de los dones es una obra armoniosa en el cuerpo (la Iglesia) dirigida por el Espíritu Santo; presidida por el amor y respaldada por el fruto del Espíritu.
El desarrollo y uso de los dones es una obra armoniosa en el cuerpo (la Iglesia) dirigida por el Espíritu Santo; presidida por el amor y respaldada por el fruto del Espíritu.
Gálatas 5:22-23
“Más el fruto del Espíritu
es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;
contra tales cosas no hay ley”
Henrietta Mears llama al
fruto del Espíritu las nueve gracias y los presenta de la siguiente manera:
PARA CON DIOS:
Amor
Gozo
Paz
PARA CONSIGO MISMO
Gozo
Paz
PARA CONSIGO MISMO
Fe
Mansedumbre
Templanza
PARA CON LOS DEMAS:
Mansedumbre
Templanza
PARA CON LOS DEMAS:
Paciencia
Benignidad
Bondad
Notemos que el amor encabeza el fruto (no frutos), es como una espiga con relación al grano, como un racimo con relación a la fruta.
Benignidad
Bondad
Notemos que el amor encabeza el fruto (no frutos), es como una espiga con relación al grano, como un racimo con relación a la fruta.
Sin amor es imposible llevar
a la práctica estás cualidades que forman el carácter de un creyente guiado por
el Espíritu. Las obras (no frutos) de la carne son diecisiete y son la
antítesis del amor. Todo el mundo las conoce, son identificables, obran y
llevan al cristiano carnal a practicarlas, porque es propio del hombre viejo,
del hombre natural. Y no olvidemos que Satanás está bastante interesado en
frustrar a los creyentes con las obras de la carne.
Gálatas 5: 19-21
“Y manifiestas son las obras de la carne, que
son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia,
20 idolatría,
hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones,
herejías, 21 envidias,
homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las
cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales
cosas no heredarán el reino de Dios”.
Consideraciones:
Los
dones son varios y no se poseen todos
El
fruto es uno solo y manifiesta las 9 virtudes
El
fruto se manifiesta en el Espíritu
Los
dones pueden ejercerse en la carne.
Los dones son para edificar el cuerpo (la Iglesia).
El
fruto es lo que produce andar en el Espíritu.
Los dones nos hablan del poder de Dios obrando en la Iglesia.
El
fruto nos habla del carácter de Dios en el individuo.
Los dones hacen a los hombres herramienta de Dios para expandir el evangelio.
El
fruto del Espíritu refleja en los hombres Santidad.
Los dones se anhelan, no siempre se procuran y se reciben los que a Dios le place dar.
El
fruto se manifiesta espontaneo, no forzado, franco por la obra del Espíritu.
Los dones se manifiestan puntualmente según la necesidad.
El fruto del Espíritu es permanente e inseparable en el creyente.
Los dones se practican con actividades, principalmente eclesiales.
El fruto se vive, andando en el Espíritu y define lo que el cristiano es.
Los dones son indispensables para el crecimiento de la iglesia.
El fruto es señal inconfundible de crecimiento espiritual del cristiano.
Hace falta discernimiento para reconocer la legitimidad de los dones.
Los dones se manifiestan puntualmente según la necesidad.
El fruto del Espíritu es permanente e inseparable en el creyente.
Los dones se practican con actividades, principalmente eclesiales.
El fruto se vive, andando en el Espíritu y define lo que el cristiano es.
Los dones son indispensables para el crecimiento de la iglesia.
El fruto es señal inconfundible de crecimiento espiritual del cristiano.
Hace falta discernimiento para reconocer la legitimidad de los dones.
Pero es claro y evidente el fruto del
Espíritu en el creyente.
Decía un viejo predicador: "Tengo un
matrimonio que lleva adelante la iglesia creciendo en cantidad y en calidad.
¿Quiénes son? Pues los dones y el fruto del Espíritu. Y como en todos los
buenos matrimonios el amor preside". No olvidemos cuando estamos pidiendo
ser bautizados en el Espíritu, con ello también pedimos un bautismo de amor.
Cesar Ángel 4 de diciembre de 2017
Bibliografía:
Extractos del libro "El
misterio del Espíritu Santo" de R. C. Sproul
viernes, 1 de julio de 2016
Porque necesitamos una confesión de Fe?
Es necesaria para promover
la unidad de la iglesia.
Como bien señala Douglas
MacMillan: “La unidad no comienza a nivel de estructura y de organización. Esta
comienza más bien, con un compromiso de corazón a la verdad revelada por
Cristo”. ¿Cuándo podemos decir que una iglesia está unificada? Cuando todos los
miembros que la componen tienen un compromiso de corazón con la verdad revelada
por Cristo. Es la verdad la que nos une. “¿Andarán dos juntos si no están de
acuerdo?”, pregunta el profeta Amós (3:3); la respuesta obvia es: ¡Por supuesto
que no!
No podemos tener unidad con
personas que niegan la inspiración de la Escritura, o la divinidad de Cristo, o
la salvación únicamente por gracia por medio de la fe. La verdad es esencial
para que haya unidad. Por tanto, es necesario para promover la unidad que podamos
declarar en una forma precisa y ordenada, qué nosotros creemos que la Biblia
enseña acerca de los temas más importantes. Decir “yo creo en la Biblia” no es
suficiente.
Un escritor afirmó en una
ocasión lo siguiente: “Para arribar a la verdad debemos deshacernos de los
prejuicios religiosos. Debemos dejar que sea Dios quien hable. Nuestra
apelación es a la Biblia para obtener la verdad”. Esa frase suena bien, y no
tiene nada de malo en sí misma; sin embargo, esta declaración aparece en el
libro “Sea Dios Veraz” de los Testigos de Jehová. Cuando preguntamos a un
miembro de esta secta herética: ¿Qué tú crees acerca de Jesucristo, o del
infierno, o de la salvación? Entonces veremos que él no cree lo que nosotros
creemos.
Cuando en el siglo IV surgió
la enseñanza de Arrio negando la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, fue
necesario que la iglesia redactara un documento sobre su posición al respecto.
Y así surgió el famoso credo Niceno. En ese sentido las herejías que surgieron
al principio de la historia de la iglesia obraron para bien, porque obligaron a
la iglesia a definir lo que ellos creían.
Supongamos que un individuo
ha comprado una casa en un sitio muy seguro, tan seguro que él ha decidido no
ponerle verjas alrededor de su terreno. Pero un día alguien compra el terreno
colindante, y ahora dice que hay un metro de su terreno que en realidad no le
pertenece. ¿Qué debe hacer el individuo de nuestra historia? Ir a Catastro,
buscar su título de propiedad y establecer claramente los límites de su
terreno.
Algo similar ocurrió con la
iglesia primitiva. Ellos creían en la inspiración de las Escrituras, y que
Cristo era Dios hecho hombre. Pero se vieron obligados a definir con precisión
estas doctrinas cuando se sintieron amenazados por las herejías.
Una iglesia puede tener una
estructura externa unificada, pero si los miembros que están en ella mantienen
opiniones distintas respecto a los asuntos esenciales de la fe cristiana, tal
iglesia en realidad está dividida.
Es necesaria para la
proclamación y defensa de la Verdad.
La Escritura nos dice que la
iglesia tiene la responsabilidad de proclamar y defender la verdad (1Tim. 3:14-15).
Y para ello es necesario que defina con precisión lo que cree acerca de las
doctrinas más importantes. Por eso Pablo encomendó a Timoteo: “Retén la forma
de las sanas palabras que de mí oíste” (2Tim. 1:13;
comp. Judas 3; Fil. 1:27). La
confesión de fe es una declaración pública acerca de nuestra fe. De ese modo
los demás pueden saber dónde estamos, y nosotros podemos saber dónde están
ellos.
Es necesaria para el
mantenimiento del orden en la iglesia.
¿Cómo podremos mantener el
orden dentro de la iglesia si no podemos definir lo que creemos? Una persona
puede venir a nosotros, y afirmar que desea ser miembro de nuestra iglesia.
Pero, ¿cómo podemos juzgar si la fe de esa persona es de acuerdo a la nuestra
si no poseemos ninguna declaración escrita de nuestras doctrinas? O ¿cómo
podría esa persona juzgar si nuestra iglesia es doctrinalmente apropiada para
ella si no podemos declarar en una forma precisa y ordenada qué es lo que
nosotros creemos?
Hablar acerca del amor y la
unidad suena políticamente correcto, pero ¿cómo podríamos trabajar juntamente
con personas que niegan la soberanía de Dios en la salvación? ¿O con pelagianos,
que niegan la total depravación del hombre? ¿O con unitarios, que niegan la
trinidad? ¿Cómo puede una iglesia caminar hacia una misma meta, o tener una
misma mente y un mismo corazón cuando los miembros están divididos en cuanto a
aspectos tan esenciales de la fe? (comp. 1Cor. 1:10).
Como alguien dijo una vez:
“Una iglesia que carezca de una confesión de fe padece de una especie de SIDA
teológico”. No podrá luchar eficazmente contra todos los errores que nos
circundan.
Escribiendo a los Romanos,
Pablo les advierte, en Rom. 16:17:
“Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos
en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de
ellos”. Pero ¿cómo podremos cumplir ese mandato si no tenemos una idea clara y
precisa de lo que creemos?
Es necesaria para evaluar a
los ministros de la Palabra.
La Escritura nos dice que
los ministros de la Palabra deben ser fieles a la enseñanza apostólica (comp.2Tim. 2:2; 3:10; Tito 1:9). También
se nos manda evaluar la sanidad de los maestros que vienen a nosotros (1Jn. 4). Es una
irresponsabilidad que un pastor permita que un hombre enseñe a su congregación
si no está seguro de lo que ese hombre va a predicar en la iglesia.
Pero si nosotros no sabemos
lo que creemos, ¿cómo podremos evaluar al que nos va a traer la Palabra? ¿Cómo
podemos estar seguros que ese hombre no va a decir algo en el púlpito que
afecte la vida y el alma de nuestros hermanos? El Señor alabó a la iglesia de
Éfeso por el cuidado que tenían en ese sentido (Ap. 2:2). Esta
iglesia no dejaba que cualquier persona enseñara. Y nuestro Señor vio ese
cuidado con buenos ojos.
Es necesaria para darnos un
sentido de continuidad histórica.
¿Cómo podremos saber si
nosotros no somos una especie de anomalía histórica? En el caso particular de
nuestra iglesia, nuestra confesión de fe fue escrita hace más de 300 años (La
Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689), y ésta a su vez se adhiere al
testimonio general que la iglesia de Cristo ha mantenido durante todos los
siglos que nos han precedido como una sana expresión de la fe.
La Iglesia de Cristo tiene
20 siglos de historia y nosotros no podemos desligarnos de ese pasado. Hay dos
características primordiales que distinguen a una secta: hacen hincapié en
algunos puntos distintivos por encima de todo el consejo de Dios; y en segundo
lugar, claman ser los descubridores de una verdad que la Iglesia nunca había
visto en el pasado. Por eso son alérgicas al estudio de la historia de la
Iglesia y a las Confesiones de Fe históricas. Debemos sospechar de todo
ministerio que clame haber descubierto algo que nadie vio en 20 siglos de
cristianismo.
No es que una doctrina sea
verdadera por ser antigua. No. Una doctrina es verdadera sólo si es la
enseñanza de la infalible Palabra de Dios. Pero debemos recordar que el
Espíritu Santo no comenzó a guiar a los cristianos en el siglo XX. Tenemos un
largo pasado que debemos conocer.
Eso de ningún modo elimina
la necesidad de nuestro propio quehacer teológico, porque es indudable que la
Iglesia de cada generación tiene que enfrentar sus propias luchas y retos. Pero
al hacerlo, debemos cuidarnos de no echar por la borda la labor de 20 siglos de
historia.
* Debo reconocer por
justicia que al escribir este artículo estoy en deuda con Bob Martin y su
introducción al comentario de la Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689,
escrito por Sam Waldrom.
Por Sugel Michelén
Fuente: Coalición por el Evangelio
viernes, 8 de abril de 2016
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