lunes, 4 de diciembre de 2017

Dones y fruto del Espíritu Santo. Diferencias


El presente artículo no pretende un análisis profundo sobre los dones y el fruto del Espíritu Santo, sus definiciones y sus aplicaciones para la iglesia. Es solo un tratado para mencionar las principales diferencias entre ellos.

Los DONES del Espíritu Santo tienen un gran alcance. Cuando encontramos a una persona capacitada recibe elogios de sus compañeros por sus habilidades. Por estas razones y tal vez por otras, los dones del Espíritu reciben mucha más atención en nuestra cultura que el FRUTO del Espíritu. El fruto del Espíritu parece estar condenado a la oscuridad, oculto a la sombra de los dones más preferidos.

Sin embargo, es la evidencia del fruto del Espíritu lo que marca nuestro progreso en la santificación. Por supuesto, Dios se complace cuando ejercitamos obedientemente los dones que el Espíritu Santo nos ha conferido. No obstante, creo que Dios se complace aún más cuando ve que su pueblo manifiesta el fruto del Espíritu.

R. C. Sproul dice:

No es accidental que no elevemos el fruto del Espíritu a los primeros lugares como la prueba más alta de rectitud. La carne permanece tan presente en nosotros que preferimos usar otra medida. La prueba del fruto es demasiado alta; no podemos superarla. De este modo, dentro de nuestras subculturas cristianas preferimos darle realce a alguna prueba menor de acuerdo a la cual podamos evaluarnos con un éxito mayor. Podemos competir entre nosotros con mayor facilidad si mezclamos algo de carne con el Espíritu.
¡Cuán difícil nos resulta ser medidos de acuerdo a nuestro amor! Y, por favor, no me evalúe según el criterio de la mansedumbre. Soy demasiado impaciente como para merecer que la paciencia sea considerada mi patrón de crecimiento. Es más fácil para mí predicar que ser tolerante. Me resulta más fácil escribir un libro sobre la paz que practicarla”.

UNIDAD DEL FRUTO. -El fruto del Espíritu Obsérvese que va en singular, lo que implica que debe abarcar todo lo que se detalla como una sola evidencia de la salvación Si preguntamos a los cristianos: ¿Cuáles de los "frutos del Espíritu" son manifestados en sus vidas? Esta pregunta lleva algunas implicaciones erróneas. Los creyentes pueden tener sólo un don espiritual, pero no es el caso con el "fruto del Espíritu". Los cristianos llenos del Espíritu tendrán todos los "frutos del Espíritu" porque la "mente de Cristo" (Filipenses 2: 2,5) está en ellos. Cuanto más controlados por el Espíritu de Dios estén, serán aún más como Cristo en cada área de su carácter.

Los dones sin el fruto, son  como un médico eminente sin ética, como un teólogo sin humildad.

Así como la fe sin obras está muerta, los dones sin el fruto del Espíritu serían como un fuego fatuo.

Todos los dones juntos, con lo importante y necesarios que son, sin amor son nada. Es como multiplicar por cero.

1 Corintios 12 dice:

"Procurad pues los dones mejores, más yo os muestro un camino más excelente". Y ese camino es el amor.

Con esto no se está negando el valor de los dones, sino que se coloca de relieve la eficacia de los dones practicados con amor.

La iglesia de Corinto era probablemente la más carismática de todas las mencionadas en el Nuevo Testamento; sin embargo, el apóstol Pablo les amonesta una y otra vez por causa de los pecados y defectos que eran comunes entre ellos. Es posible que algunos alucinados por haber recibido algún don del Espíritu, comenzasen a creer que eso era poco más que un juguete para su uso. Cuando en realidad Dios da los dones para la edificación de la iglesia, para servir a los demás, para defensa del cuerpo de Cristo.

El apóstol Pablo menciona dones sobrenaturales (vigentes en la era apostólica) para destacar la preeminencia del amor sobre ellos. En 1 Corintios 13: 1-3 dice:

“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve”

Para procurar un don como el de enseñanza, evangelismo, servicio, etc. tenemos que preguntar a Dios si es o no es su voluntad; pero para ejercitar el amor, para proclamar el Evangelio del amor de Dios, no tenemos que consultar, ya estamos autorizados, ya estamos enviados, ya estamos equipados por su Espíritu Santo; ya podemos obrar dentro del marco de la voluntad del Señor, el más grande y permanente milagro que se puede realizar entre los hombres: El nuevo nacimiento; lograr que un alma pase de muerte a vida por el regalo del amor de Dios en Cristo. El amor brota por si solo en los santos.

El desarrollo y uso de los dones es una obra armoniosa en el cuerpo (la Iglesia) dirigida por el Espíritu Santo; presidida por el amor y respaldada por el fruto del Espíritu.

Gálatas 5:22-23

“Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”

Henrietta Mears llama al fruto del Espíritu las nueve gracias y los presenta de la siguiente manera:

PARA CON DIOS:
Amor
Gozo
Paz

PARA CONSIGO MISMO
Fe
Mansedumbre
Templanza

PARA CON LOS DEMAS:
Paciencia
Benignidad
Bondad

Notemos que el amor encabeza el fruto (no frutos), es como una espiga con relación al grano, como un racimo con relación a la fruta.

Sin amor es imposible llevar a la práctica estás cualidades que forman el carácter de un creyente guiado por el Espíritu. Las obras (no frutos) de la carne son diecisiete y son la antítesis del amor. Todo el mundo las conoce, son identificables, obran y llevan al cristiano carnal a practicarlas, porque es propio del hombre viejo, del hombre natural. Y no olvidemos que Satanás está bastante interesado en frustrar a los creyentes con las obras de la carne.

Gálatas 5: 19-21 

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia,
20 idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, 21 envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.

Consideraciones:


Los dones son varios y no se poseen todos
El fruto es uno solo y manifiesta las 9 virtudes

El fruto se manifiesta en el Espíritu
Los dones pueden ejercerse en la carne.

Los dones son para edificar el cuerpo (la Iglesia).
El fruto es lo que produce andar en el Espíritu. 

Los dones nos hablan del poder de Dios obrando en la Iglesia.
El fruto nos habla del carácter de Dios en el individuo. 

Los dones hacen a los hombres herramienta de Dios para expandir el evangelio.
El fruto del Espíritu refleja en los hombres Santidad.


Los dones se anhelan, no siempre se procuran y se reciben los que a Dios le place dar.
El fruto  se manifiesta espontaneo, no forzado, franco por la obra del Espíritu.

Los dones se manifiestan puntualmente según la necesidad.
El fruto del Espíritu es permanente e inseparable en el creyente.

Los dones se practican con actividades, principalmente eclesiales.
El fruto se vive, andando en el Espíritu y define lo que el cristiano es.

Los dones son indispensables para el crecimiento de la iglesia.
El fruto es señal inconfundible de crecimiento espiritual del cristiano.

Hace falta discernimiento para reconocer la legitimidad de los dones.
Pero es claro y evidente el fruto del Espíritu en el creyente.

Decía un viejo predicador: "Tengo un matrimonio que lleva adelante la iglesia creciendo en cantidad y en calidad. ¿Quiénes son? Pues los dones y el fruto del Espíritu. Y como en todos los buenos matrimonios el amor preside". No olvidemos cuando estamos pidiendo ser bautizados en el Espíritu, con ello también pedimos un bautismo de amor.

Cesar Ángel 4 de diciembre de 2017

Se permite el uso de este mensaje para usos de edificación eclesial y no lucrativos, siempre que se mencione el autor y la pagina.

Bibliografía: 
Extractos del libro "El misterio del Espíritu Santo" de R. C. Sproul

viernes, 1 de julio de 2016

Porque necesitamos una confesión de Fe?


¿Acaso no es suficiente decir “Yo creo en la Biblia”? ¿Por qué necesitamos una confesión de fe?*

Es necesaria para promover la unidad de la iglesia.

Como bien señala Douglas MacMillan: “La unidad no comienza a nivel de estructura y de organización. Esta comienza más bien, con un compromiso de corazón a la verdad revelada por Cristo”. ¿Cuándo podemos decir que una iglesia está unificada? Cuando todos los miembros que la componen tienen un compromiso de corazón con la verdad revelada por Cristo. Es la verdad la que nos une. “¿Andarán dos juntos si no están de acuerdo?”, pregunta el profeta Amós (3:3); la respuesta obvia es: ¡Por supuesto que no!

No podemos tener unidad con personas que niegan la inspiración de la Escritura, o la divinidad de Cristo, o la salvación únicamente por gracia por medio de la fe. La verdad es esencial para que haya unidad. Por tanto, es necesario para promover la unidad que podamos declarar en una forma precisa y ordenada, qué nosotros creemos que la Biblia enseña acerca de los temas más importantes. Decir “yo creo en la Biblia” no es suficiente.
Un escritor afirmó en una ocasión lo siguiente: “Para arribar a la verdad debemos deshacernos de los prejuicios religiosos. Debemos dejar que sea Dios quien hable. Nuestra apelación es a la Biblia para obtener la verdad”. Esa frase suena bien, y no tiene nada de malo en sí misma; sin embargo, esta declaración aparece en el libro “Sea Dios Veraz” de los Testigos de Jehová. Cuando preguntamos a un miembro de esta secta herética: ¿Qué tú crees acerca de Jesucristo, o del infierno, o de la salvación? Entonces veremos que él no cree lo que nosotros creemos.

Cuando en el siglo IV surgió la enseñanza de Arrio negando la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, fue necesario que la iglesia redactara un documento sobre su posición al respecto. Y así surgió el famoso credo Niceno. En ese sentido las herejías que surgieron al principio de la historia de la iglesia obraron para bien, porque obligaron a la iglesia a definir lo que ellos creían.

Supongamos que un individuo ha comprado una casa en un sitio muy seguro, tan seguro que él ha decidido no ponerle verjas alrededor de su terreno. Pero un día alguien compra el terreno colindante, y ahora dice que hay un metro de su terreno que en realidad no le pertenece. ¿Qué debe hacer el individuo de nuestra historia? Ir a Catastro, buscar su título de propiedad y establecer claramente los límites de su terreno.

Algo similar ocurrió con la iglesia primitiva. Ellos creían en la inspiración de las Escrituras, y que Cristo era Dios hecho hombre. Pero se vieron obligados a definir con precisión estas doctrinas cuando se sintieron amenazados por las herejías.

Una iglesia puede tener una estructura externa unificada, pero si los miembros que están en ella mantienen opiniones distintas respecto a los asuntos esenciales de la fe cristiana, tal iglesia en realidad está dividida.

Es necesaria para la proclamación y defensa de la Verdad.

La Escritura nos dice que la iglesia tiene la responsabilidad de proclamar y defender la verdad (1Tim. 3:14-15). Y para ello es necesario que defina con precisión lo que cree acerca de las doctrinas más importantes. Por eso Pablo encomendó a Timoteo: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste” (2Tim. 1:13; comp. Judas 3Fil. 1:27). La confesión de fe es una declaración pública acerca de nuestra fe. De ese modo los demás pueden saber dónde estamos, y nosotros podemos saber dónde están ellos.

Es necesaria para el mantenimiento del orden en la iglesia.

¿Cómo podremos mantener el orden dentro de la iglesia si no podemos definir lo que creemos? Una persona puede venir a nosotros, y afirmar que desea ser miembro de nuestra iglesia. Pero, ¿cómo podemos juzgar si la fe de esa persona es de acuerdo a la nuestra si no poseemos ninguna declaración escrita de nuestras doctrinas? O ¿cómo podría esa persona juzgar si nuestra iglesia es doctrinalmente apropiada para ella si no podemos declarar en una forma precisa y ordenada qué es lo que nosotros creemos?

Hablar acerca del amor y la unidad suena políticamente correcto, pero ¿cómo podríamos trabajar juntamente con personas que niegan la soberanía de Dios en la salvación? ¿O con pelagianos, que niegan la total depravación del hombre? ¿O con unitarios, que niegan la trinidad? ¿Cómo puede una iglesia caminar hacia una misma meta, o tener una misma mente y un mismo corazón cuando los miembros están divididos en cuanto a aspectos tan esenciales de la fe? (comp. 1Cor. 1:10).

Como alguien dijo una vez: “Una iglesia que carezca de una confesión de fe padece de una especie de SIDA teológico”. No podrá luchar eficazmente contra todos los errores que nos circundan.

Escribiendo a los Romanos, Pablo les advierte, en Rom. 16:17: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos”. Pero ¿cómo podremos cumplir ese mandato si no tenemos una idea clara y precisa de lo que creemos?

Es necesaria para evaluar a los ministros de la Palabra.

La Escritura nos dice que los ministros de la Palabra deben ser fieles a la enseñanza apostólica (comp.2Tim. 2:23:10Tito 1:9). También se nos manda evaluar la sanidad de los maestros que vienen a nosotros (1Jn. 4). Es una irresponsabilidad que un pastor permita que un hombre enseñe a su congregación si no está seguro de lo que ese hombre va a predicar en la iglesia.

Pero si nosotros no sabemos lo que creemos, ¿cómo podremos evaluar al que nos va a traer la Palabra? ¿Cómo podemos estar seguros que ese hombre no va a decir algo en el púlpito que afecte la vida y el alma de nuestros hermanos? El Señor alabó a la iglesia de Éfeso por el cuidado que tenían en ese sentido (Ap. 2:2). Esta iglesia no dejaba que cualquier persona enseñara. Y nuestro Señor vio ese cuidado con buenos ojos.

Es necesaria para darnos un sentido de continuidad histórica.

¿Cómo podremos saber si nosotros no somos una especie de anomalía histórica? En el caso particular de nuestra iglesia, nuestra confesión de fe fue escrita hace más de 300 años (La Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689), y ésta a su vez se adhiere al testimonio general que la iglesia de Cristo ha mantenido durante todos los siglos que nos han precedido como una sana expresión de la fe.

La Iglesia de Cristo tiene 20 siglos de historia y nosotros no podemos desligarnos de ese pasado. Hay dos características primordiales que distinguen a una secta: hacen hincapié en algunos puntos distintivos por encima de todo el consejo de Dios; y en segundo lugar, claman ser los descubridores de una verdad que la Iglesia nunca había visto en el pasado. Por eso son alérgicas al estudio de la historia de la Iglesia y a las Confesiones de Fe históricas. Debemos sospechar de todo ministerio que clame haber descubierto algo que nadie vio en 20 siglos de cristianismo.

No es que una doctrina sea verdadera por ser antigua. No. Una doctrina es verdadera sólo si es la enseñanza de la infalible Palabra de Dios. Pero debemos recordar que el Espíritu Santo no comenzó a guiar a los cristianos en el siglo XX. Tenemos un largo pasado que debemos conocer.

Eso de ningún modo elimina la necesidad de nuestro propio quehacer teológico, porque es indudable que la Iglesia de cada generación tiene que enfrentar sus propias luchas y retos. Pero al hacerlo, debemos cuidarnos de no echar por la borda la labor de 20 siglos de historia.

* Debo reconocer por justicia que al escribir este artículo estoy en deuda con Bob Martin y su introducción al comentario de la Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689, escrito por Sam Waldrom.

Por Sugel Michelén